Relato: La prueba definitiva

Les quería mostrar un relato algo diferente a los que suelo escribir.  Así, con los días que dentro de poco nos llegarán y el frío, las lluvias y la mantita. Espero que estén de acuerdo en que hace falta, una historia que nos remueva algo.  O eso espero. 

Así que les dejo sin más, con el relato. 

La prueba definitiva

Las mañanas se habían convertido en el tortuoso momento de elegir ir al trabajo o no, pero habían facturas que pagar y no se iban a pagar solas, por lo que, como el resto mortales que habitaban en la ciudad, trabajaba de lunes a viernes ansiado desesperadamente la llegada del fin de semana. Aquello le había llegado a tener que pensar mucho, demasiado en si aquella situación le hacía bien, pero como muchos, la situación no se agravó: por el momento.

 

Cada viernes salía los más rápido que podía de la oficina y se iba a la la librería más cercana. Su sueldo le permitía comprar, como mínimo, dos libros por mes. Si hacia recuento de la cantidad de libros que almacenaba en el cuarto de invitados, se podría decir que, ya se hubiera ido de viaje hace tiempo y no soñaría con ello, ni con ese vestido que tanto le gustaba pero era pequeño capricho, además, todos tienen ese pequeño derroche que guardan para deleitarse y salir un poco de la rutina. Así, la semana, es menos cuesta arriba.

 

El sábado, ya tenía sobre la mesita dos libros para leer pero como mandaba su ritual, hasta llegar la noche no los tocaría. De haber sabido que aquella noche no podría leer, quizás se hubiera animado hacerlo, pues le llamaron para cubrir una vacante. Otro fin de semana perdido en el trabajo mientras las horas pasaban lentas y aburridas. «Por lo menos me pagan las horas» Se decía a modo de consuelo.

Las siguientes semanas, como era de esperar tuvo que cubrir las horas que le tocaban más las de su compañera. Elisabet estaba desbordada, sin fuerzas, harta y cansada. Comenzaba a arrepentirse de haber aceptado aquellas horas añadidas. Pero, ¿Qué podía hacer? no podía negarse.

Aquella noche haciendo su asidua visita a la fotocopiadora, oyó como unos compañeros comentaban algo entre susurros:

– …Sí, no se a dónde vamos a ir a parar.

– Tienes razón, esto se les está escapando de las manos… Dicen que van a reducir las horas, que falta personal y que cuando todos consigamos echar las horas que nos pertenecen, revisarán la plantilla… A mi me huele a que esto se viene abajo…

– ¡Que nos vamos a la calle y esto no hay quien lo pare compañero!

– …Yo por si acaso, ya estoy buscándome la vida porque a ver quién se fia ¿Sabes?…

Eli ha oído de cabo a rabo la conversación y comienza a temerse lo peor. Su controlada vida y sosegada tranquilidad económica que le había proporcionado este trabajo por cierto tiempo, se desmoronaba. Claro que solo era un rumor pero no podía dejarlo pasar. «¿Y si era cierto?» se dijo.

 

La fotocopiadora hizo «biiip!» y con las mismas se fue a su lugar de trabajo procurando no levantar sospechas de haber escuchado la conversación ajena aunque si era cierto el chismorreo, daba igual: Todos irían a la calle.

 

Tras cinco cansinas horas de tecleado y de redactar de documentos, más las ocho horas que ya había acumulado aquel día, por suerte, al día siguiente tendría un día libre. Hecho que le daba ventaja para intentar resolver ese posible problema.

Al terrible comentario se le sumaban las fechas navideñas, las comidas familiares y los cumpleaños y regalos para los sobrinos. Sin olvidar, las facturas venideras. ¿Cómo diantres iba a encontrar un trabajo antes de que comenzaran las fiestas?

 

Habían pasado largas semanas en las que el exceso de trabajo, las horas extras, y la búsqueda de trabajo nuevo no la dejaban en paz. A todo aquello se le sumaban el stress, su falta de apetito y el miedo a no hallar nada para cuando llegara el fatídico día en el que sobre la mesa o como había oído decir a alguna compañera, por correo, le enseñaran la puerta de salida.

Tres largos meses pasaron hasta lograr encontrar en Diciembre un posible trabajo como repartidora de publicidad. No le hacía mucha gracia, de hecho estaba con desazón pero solo de pensar que no podría salir tanto, que tendría que reducir todos aquellos caprichos que le proporcionaba el trabajo en el que estaba, los cafés con las amigas, el café de casa, los bollitos de crema, los libros más vendidos de los que hacia adquisición, las botas más cool, los productos más a la vanguardia del supermercado… y un largo etceteras que la obligó en otro día libre a pasear por las calles, con la llegada de su ultima factura, para variar, elevada y sin cobrar todavía. ¡Aquello, se pasaba de rosca!

Caminaba como zombi por las calles. Mirando apenada los escaparates de ropa, mirando a la gente, los primeros ápices decorativos navideños y la parafernalia que conformaban las vísperas próximas. Una época en la que todos, se esfuerzan por ser felices, dar lo mejor de uno mismo. Anduvo como alma en pena… Cuando la nieve le sorprendió por las calles de la gran ciudad, a ella y otros tantos que ocupaban las calles repletas de tiendas.

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Quedó enajenada por los copos que se desprendían del cielo. Anduvo otro poco, hasta llegar a parar a la librería. A unos metros, un niño descalzo sin apenas ropa decente pedía limosna a escasos metros de la librería. La estampa le impactó. Pues todos parecían ajenos a lo que sucedía a plena luz del día. ¿A caso nadie había visto a aquel niño?

No dudo demasiado en preguntarle al niño por sus padres, ¿Dónde estaban? ¿Era huérfano? ¿Tenía dónde dormir aquella noche? un montón de preguntas se agolparon en su mente y en lugar de hacerlas, pensó que lo más correcto sería preguntarle su nombre y llevarlo a comer, con lo poco que le quedaba de los meses anteriores. Así lo hizo.

Pero mientras el niño se afanaba en comer a toda prisa a causa del hambre y quedar satisfecho. Ella se fue a pagar la cuenta y en cuanto se giró para mirarle desde la caja, este había desaparecido.

Elisabet se preocupó. Tuvo miedo que algo malo le sucediera pero aquel niño, según le habían relatado los comerciantes, era conocido en la zona porque sus padres murieron y quedó huérfano. Desde entonces, robaba para poder comer. Nunca antes nadie se había preocupado de él, nadie le había dado su brazo a torcer por miedo a que les robara las mercancías de los establecimientos a golpe de navaja. Pero Eli, en vez de sentir miedo como aquellos snoobs, sintió pena.

Ella pensaba que la vida le había obligado a robar, a no fiarse de nadie, a tomar lo que no era suyo para poder llevarse algo a la tripa. Y fue así como al volver a casa y ver la cantidad de objetos que no usaba y que tanto le gustaba, comenzó a deshacerse de todo.

Montó un mercadillo benéfico con todas aquellas cosas que, consideraba, ya no le serían útiles. De esa manera, no solo se desprendía de cosas innecesarias sino que además ayudaba a la gente. Y ya de paso, algo de dinero se llevaba al bolsillo. Así que , mal del todo, no salió la cosa.

Las jornadas en el trabajo, ahora habían sido reducidas y ahora tenía menos trabajo. Pero no entendía cómo era que la empresa seguía en pie. ¿A caso, no se iba a echar al cierre cómo algunos compañeros habían estado cuchicheando?

Poco importaba, tenía tanto miedo de quedarse sin sueldo que decidió vender su casa y mudarse a un apartamento cerca del trabajo. Ahorraría en espacio, y el coche no haría tantos kilómetros. Por lo que la obligarían a caminar. Aquello no solo le ahorraba dinero sino que comenzó a sentirse mejor consigo misma. Pensó que , tal vez, quedarse sin trabajo, no era tan malo. Pues había logrado reunir dos mil euros en objetos cotidianos y había ahorrado al mes, como mínimo dos cientos euros.  Tenía más de bueno, que de malo.

 

Al fin llegó la fecha más temida en el calendario. Veinti tres de diciembre. En los próximos días, la empresa había hizo un comunicado, informando de cuando darían más información sobre el estado de la plantilla y la empresa. Los nervios se le comían por dentro. Pero en aquella noche de sofá y rodeada de cajas de mudanza decidió que si la echaban no pasaría nada y si decidían conservarla en la plantilla, prometería que iba a disfrutar de una mejor vida, más humilde, honesta y realista.

A la mañana siguiente, mientras se preparaba el café hallo un mensaje en el móvil. Era de la empresa:

<< Nos complace comunicarle que nos gustaría que formara parte de nuestra empresa. Esta vez, un peldaño más. Como bien tenemos constancia, somos sabedores de su gran trabajo para con la empresa, su dedicación y esfuerzo. Es por eso que, nos gustaría que fuera nuestra jefa de dirección pero en este caso, nos gustaría que antes de pasar a las doctrinas que se le encomendarán, forme a una nueva plantilla, en nuestra sede. California.

Esperamos, su aceptación y conformidad en los días próximos.>>

Elisabet comenzó a llorar. Todo había sido una prueba que la vida le había puesto para darse cuenta que, lo mejor, siempre está por venir.

HISTORIAS CON «K»

Publicado por historiasconk

Soy Blogger desde hace algunos años en: El Rincón de Keren y me vuelvo a reivindicar con este nuevo blog, más personal.

2 comentarios sobre “Relato: La prueba definitiva

  1. Lo mejor, siempre está por venir. Así es Keren, al menos ese debería ser nuestro pensamiento y seguro que las cosas ruedan mucho mejor si somos optimistas, que si por el contrario nos fundimos en un pesimismo que no lleva a nada. Magnífica redacción e interesante lo que nos dice el relato a través de los ojos de tu protagonista. Ha sido un gusto leerte. Saludos.

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    1. Queria darle otros ojos a esa parte que a veces no hacemos caso. Esa vocecilla que a veces nos dice, continúa y no le hacemos caso por «x» razón. Comi dices, fundirse en el pesimismo es desgarrador, y a la vez derrotista. A la larga, creamos un hábito del que es muy difícil salir por : preocupaciones, miedos y hasta falta de autoestima.
      Solo quería mostrar esa parte buena que a todas nos caracteriza pero que creemos que no tenemos.
      Superación.

      Gracias por pasarte por el blog y además dejar comentario. Saludos compañero!!

      Le gusta a 1 persona

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