Relatos y cuentos: La Cajera

¡Buenas, hoy también hay relato!

Para el día de hoy tengo otra ilustración que nos acompaña para este relatosycuentos que ya conocéis todas/os espero que os guste.

BY HISTORIAS CON “K”

RELATO : La Cajera

By Historias con “K”

Habíamos hecho un viaje muy largo para poder llegar a aquel lugar: Barcelona. Lo que nos impactó fueron los monumentos, las calles abarrotadas, los comercios tan llenos y daba igual que fuera un lunes o un viernes, siempre había alguien en la calle. Ya habíamos adivinado que a ciertas horas, no había tanta gente pero aquel día mi hermana y yo, habíamos programado tener un rato de chicas, mientras el grupo se disolvían por la gran ciudad. Aquel día, fuimos a la aclamada tienda atraída por turistas, por curiosos y los lugareños de la zona. Pero nosotras estábamos tan eufóricas que solo podíamos mirar a todas partes: Música moderna, ropa ultima moda, gente de todos los estilos, cafetería en ese mismo centro comercial, supermercado, y ambiente fiestero en todos los comercios. La alegría nos invadía por momentos y nos sobrecogía en los lugares insospechados, cómo en los baños del centro comercial. Aquella ciudad que se podía decir que casi no dormía , nos habían dado conciertos, salidas por la urbe que le dicen, y salidas por el bosque en rutas que nunca habíamos imaginado.

Aquella tienda nos regalaba cestos para guardarlos de recuerdo. Ahora bien, debimos elegir mala hora o no sabemos qué pero mi hermana mayor comenzó a probarse ropa y montones de ellas, unas minifaldas que papá habría catalogado cómo prohibidas y mi abuela habría sentenciado con un “¿Y el resto de la ropa?” nos reíamos enseñándole las fotografías por mensaje a nuestra abuela moderna. Quién ya usaba el móvil casi mejor que nosotras. Y nos enviaba notas de voz animándonos a comprar todo lo que quisiéramos con la regla de oro: No decirles nada a nuestros padres. Era nuestro gran secreto.

Recuerdo que comenzamos a sacar ropa y el montón se hizo tan grande que temí que la cola se hiciera aun más larga pero lo cierto es que veíamos cómo despachaban a todos los clientes con una rapidez y calidez que ya nos hubiera gustado en el pueblo. Mediante la bolsa – carrito que dejaban en la entrada, cargamos todo. Lo de ella y lo mío. Al llegar al mostrador. Una chica negra con un peinado súper cuidado y un “look” moderno nos atendía con una amplia sonrisa, y nos daba conversación. Al principio la acogimos con mucha alegría, pues era casi un milagro que alguien cómo nosotras estuviera dependienta en una tienda tan conocida por los medios y nos sentimos idéntificadas y muy bien atendidas. La conversación se extendía tanto que al final , comenzamos a pensar que nunca saldríamos de allí.

La dependienta clicaba y picaba para sacar los objetos metálicos que impedían que la gente los robara. En un acto casi admirable de ir hablando mientras ejecutaba la faena. Era algo inaudito. Nos parecía muy amable, y agradable, dicharachera, alegre… y todo lo que iba pasando por el escáner, nos decía lo bonito que era y con qué combinaría muy. Hasta que comenzaron a llegar gente que la saludaba y le daba los buenos días. Ella, muy educada atendía y les daba el mismo trato acogedor y la atención merecida. Pero nos habíamos dado cuenta que las conversaciones no duraban tanto, casi duraban el mismo tiempo, entre charla y charla. Nos dimos cuenta porque con nosotras, se explayaba y se recreaba en todo. Hecho que nos halagaba pero ya pasaba una hora intentando hacer el recuento de todo lo que habíamos comprado, y con la nueva de que se había formado una gran cola mientras entre risas y casi llorando por la animación y un poco frustradas porque era nuestra ultima noche en Barcelona y nos había entretenido en demasía si queríamos ver la ciudad, porque para acabar una de las prendas, comenzó a pitar en el momento en el que salíamos del establecimiento para que todas las miradas se nos clavaban y cuatro agentes uniformados se acercaran mientras aquel cacharro pitaba y parpadeaba al tiempo que se aglomeraba la gente para curiosear y descubrir qué tan cierto era el pitido.

Tuvimos que entrar otra vez, por la pasarela de la vergüenza porque a la dependienta se olvidó sacarle el maldito cacharro antirrobo. Pasando el mayor de los apuros. Un poco por las miradas y otro poco por pasar delante de la inmensa cola que se había formado debido a nuestra conversación ahora estábamos las primeras, en el mostrador para que nos quitaran el aparato. Lo más rápido que pudimos salimos de allí y nos metimos en los servicios del cine. Mi hermana y yo nos miramos con los brazos llenos de bolsas y nos echamos a reír pero por dentro sabíamos que aquel suceso, de ser otra persona … a lo mejor, no hubiera procedido igual.

HISTORIAS CON “K”

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