Relato: El recuerdo

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Todas las mañanas recorríamos las calles para acudir al lugar adecuado dónde nos daría sombra y le daríamos de comer, cómo me enseñaste, a las palomas. Tan tenía seis años pero eran suficientes para darme cuenta del amor que tenías hacia los animales. Tu siempre me decías que si yo era buena con ellos, así con las palomas, ellas me agradecerían. Aunque yo no tuviera una respuesta con palabras, gestos o una aprobación. “Al animal hay que dejarlo ser, así cómo tú eres.”- Me repetías cada mañana.

 

Eran los días de verano en los que más tiempo pasábamos juntos. Después de atiborrar a las palomas a pedazitos de pan, me invitabas a un helado, aun sabiendo que mis padres, te regañarían por tu mala conducta. Qué razón tienen que cuando se es abuelo, uno consiente todo lo que no han consentido a sus hijos y todo lo que no pudiste hacer con los tuyos, lo haces con tus nietos.

Después de los helados y batido de fresa, artillería pesada para una niña que, cómo todos los niños, acabaría tan nervioso o más que durante la semana. Pero tú, hacías oídos sordos. Me llevabas a caminar por las ramblas dónde las conversaciones más animadas con tus amigos y otros niños en el parque harían del día los más entretenidos.

Luego, con mis cortas piernas y ya cansada, Me obligabas a subir al campo con tus perros y me enseñabas los misterios de la naturaleza. “Hay que caminar todos los días para estar fuerte”- Decías mientras cogías mi pequeña mano. No te separabas de mi. Me enseñabas la fauna, los pocos animales que se dejaban ver durante las vespertinas caminatas dónde anduvimos casi hasta después de cenar y luego mi madre te regañaba porque tenía que estar temprano en la cama y creía que no dormiría pero sabías muy bien lo que necesitaba. Estaba demasiado rendida cómo para ver la televisión o jugar.

Las fines de semana, no eran de verano si no nos reuniamos todos en una gran mesa a comer paella. La abuela que con su mandril, y su consentimiento para que bebieramos cola junto a los perros y gatos hacían de la estampa familiar dónde primos tios, abuelos y padres, conformaban un cuadro, el cuadro de mi familia. Era un sueño jubiloso. ¿Cómo desprenderse de aquellos recuerdos?

Durante los años venideros, todo cambió con tu delicado estado de salud. Yo tenía diez y seis años y solía acudir a vuestra casa para pasar las tardes en casa contigo y la abuela. Se habían cambiado las calles y el campo por la televisión y los juegos de mesa pero pronto las visitas, pasarían a la habitación y lamentablemente, un día, ya no estarías en nuestras vidas.

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Recuerdo perfectamente el día que te fuiste. Salí a la calle a encontrar las palomas a las que le dábamos de comer con las solo unos palmos de estatura. Las vi allí, ocupando tu asiento. Les di de comer. Pareciera que ellas también supieran que ya no estabas. El sol aun estaba en pie y allí, sentada, entre lágrimas y trozos de pan eché a caminar. Cómo me dijiste un día. Acudí a todos los parques a los que habíamos frecuentado. No estabas, eso era cierto, pero me costaba entender que alguien que tanto amor y dedicación a la vida, se hubiera marchado. ¿Porqué?

De tanto que anduve, y de tanto que lloré, estaba echa polvo y tenía los ojos hinchados, pero recordé, de nuevo, lo tus palabras. “Hay que andar, para estar fuerte” y saqué fuerzas dónde no las hubo para subir a lo que quedaba de campo tras el avance tecnológico y el bum de las urbanizaciones unifamiliares.

Era casi de noche y me acerqué allá dónde mis ojos solo veían montañas y un cielo inmenso. Parecía que el cielo no concediera esta condena.

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Lo ví claro cuando al adentrarme más allá, tuve ante mi el inmenso cielo. Te tenía en mi naturaleza, en el aire y nunca podrían arrebatarme todo lo que me enseñaste. Nunca morirías en mi. Es mejor el recuerdo que desterrar de mi mente por dolor, cuando habíamos vivido tantos momentos entrañables y jubilo en familia.

Hoy las lagrimas son del buen recuerdo y cada año, conmemoramos tu regreso a nuestras mentes, con el cielo que parece recordarte. El aire nos acaricia los cabellos y todos mencionamos cada situación, experiencia y momentos con nosotros. Entonces, damos gracias porque hubieras ocupado nuestras vidas y nuestras mentes.

Siempre estarás en el recuerdo de una familia que te quiso.

Fin.

Historias con “K”

(Este relato son retazos de una familia y un abuelo que me hubiera gustado poder vivir, sentir, ver y que por años y vida nunca pude conocer. Me quedan las historias y el recuerdo de los relatos de los familiares.)

 

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2 comentarios en “Relato: El recuerdo

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