Relato: El Defensor

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Carlos volvía con sus amigos después de una noche de concierto. Joan, seguía con sus temas de conversación que nunca acababan; Joana que no se perdía nada le seguía la corriente e intentaba rebatirle cada comentario; Eli que solo hablaba para meter pequeñas puyitas para que Joan dejara de hacerse el interesante con Joana y dejarlo callado, y Carlos, que seguía el panorama ,divertido, sin perderse nada.

Un sonido pareció retumbarle los oídos de tal manera que logro echar a Carlos al suelo encogido como un niño de cinco años. El sonido era tan agudo que podía atravesar el tímpano. Pareció una eternidad pero, una vez fue bajándose la intensidad de aquel sonido, vió que sus amigos le miraban atónitos y expectantes por saber que le había ocurrido. Al parecer, había sido el único afectado:

– ¿En serio no habéis oído el sonido agudo y persistente que se ha escuchado?- Los tres amigos se miraron entre ellos y al unísono aseguran que no. 
-Tío, debe de haber sido la cerveza de barril, en estos conciertos no sabes qué mierda te pueden echar en el vaso. -Todos ríen pero, Carlos, esboza una media sonrisa medio fingida, como para quitarle hierro al asunto. 

Los cuatro amigos se despiden cada uno con una chica a la que acompañar por las calles solitarias. Joan con Joana y Carlos con Eli. Cada pareja sujeta el móvil por si sucediera algo para lo que no estuvieran preparados. Llevaban rememorando esa vieja tradición desde los diez y ocho y ahora que el mundo se había vuelto un poco más inseguro, no iban dejar de hacerlo. 

Carlos y Eli bajaron una larga cuesta hacia abajo mientras los dos caminban sin decirse nada. Unos metros más allá, Joan y Joana van a lo suyo en una animada conversación sobre los grupos que han visto esa noche, añadiendo datos de los artistas que creen que el otro no sabe pero, Joana pronto se queda pensativa y la conversación toma un giro:
– ¿Crees que Carlos está bien?- espeta Joana
– ¡Carlos es una roca! no te preocupes mujer…- trata de consolar Joan
– Ya pero ¿ y si no fuera unicamente un dolor de oído como hemos hablado otras veces? Ya es la quinta vez esta semana. Temo que algo malo le este ocurriendo. 
– Joana, ya le sugerimos que fuera al médico pero no quiso. Nosotros no podemos hacer nada más por él. 
– Ya… 
– Y sabes que si Carlos te viera triste de daría una colleja de las suyas.- Rien juntos mientras se alejan lentamente. 


A unos kilómetros más allá, Carlos se despide de Eli con quien no ha mediado apenas palabra hasta que ella, rompe el silencio:

– Deberías ir al médico.- Carlos que no quiere hablar del tema, disimula.
-¿Qué?
– Ya sabes, por lo del oído.
-No es nada. A lo mejor solo necesito descansar… -trata de quitarle hierro al asunto de nuevo pero esta insiste:
– Carlos- Eli adopta un semblante solemne- Si cuando pase la semana no se te ha pasado, por favor, ves al médico- Carlos la mira boquiabierto- Por favor, ya que no lo haces por ti, hazlo por los que te queremos. – Este cabizbajo asintió y se dió la vuelta, al mismo tiempo que hace un ademán de despedida en el portal de Eli y se aleja silenciosamente. 

A la mañana siguiente, Carlos escogió su taza favorita e hizo las pertinentes comprobaciones antes de encender el microondas. Pruebas de sonido. Sacó una cucharilla y la chocó contra la taza. Notó un leve zumbido pero nada comparado con lo de anoche. Aun sintiendo la imperiosa necesidad de que debía ir al médico, él seguía en sus trece. Por lo que haciendo caso omiso al zumbido, se sirvió el café y encendió el microondas con la taza dentro. 

El sonido le obligo esta vez a literalmente tirarse al suelo durante los minutos que el aparato estuvo en funcionamiento. Cuando este emitió el timbre que indicaba que el café ya estaba listo, se retorció en el suelo de dolor. Todo le daba vueltas, y el dolor en la sienes y los oídos eran horribles. Comenzó a sangrar de una oreja. 

Salió escopeteado hacia el hospital pero en el trayecto, la pena fueron los obstáculos que no supo preveer, ya que el sonido del gentío, el claxon, y el ruido de los motores le obligaron a ir por la calle con las manos tapándose las orejas. No fue hasta que llegó al hospital, que encontró algo de paz. Lo suficiente cómo para no tener que taparse. 

Después de casi dos horas, el médico le atendió. Carlos le explicó asustado y medio horrorizado, sus síntomas y el doctor extrajo los instrumentos, Observó los timpanos, los ojos y la boca. Y le preguntó:

– ¿Tomas drogas?
-No.- y entonces añadió – Usted cree que yo voy a tomar … 
– Es un simple test para recopilar información, para llegar a un diagnóstico claro- interpuso. Y este no dijo más- ¿Duermes bien?
– Pues … ahora que lo dice, me cuesta conciliar el sueño por las noches. 
– Bien.- dice mientras anota en el ordenador y añade- ¿Has tenido algún trauma psicologico o emocional?
– Bueno, mi padre nos abandonó cuando yo tenía siete años, pero lo tengo superado… No es ningún trauma. 
-A veces no es cuestión de superarlo pero voy a mirar si puedo concertarte cita con la psicologa. Creo que te pude ir bien. 
– Pero vamos a ver, yo he venido por el oído. ¿Qué tiene eso qué ver con mi problema?
– Mucho más de lo que piensas chico.- Odiaba que por tener unos años más que él le llamaran chico pero ¿qué podía hacer? añadió el doctor entonces: – Creo que tengo un diagnostico pero quiero llamar al especialista inmediatamente porque tu problema podría ser grave… 
– ¿Cómo de grave?- se apresuró Carlos
– No puedo decírtelo con exactitud pero llamare a mi colega. 

El doctor se marcha de la estancia y después de quince minutos aparece con un hombre con gafas, alto, mayor y con las manos arrugadas. Este procede a revisar su orificio auditivo. Cruzan miradas entre el doctor y el especialista. tras un silencio interminable. El doctor imprime una hoja que muestra a Carlos. Lo primero que aprecia y por que la letra es grande es la palabra: Hiperacusia:

– ¿Qué es esto? ¿Qué es la Hiperacusia?
– vamos a ver, oyes los sonidos más fuertes, tienes dolores de cabeza, malestar y no puedes casi ni diferenciar entre un sonido normal y uno extramadamente fuerte sino que, todo es extremo, ¿no?
-Así es, doctor. 
-Pues a eso se le llama Hiperacusia. Tienes una extrema audición.
– Ahora me encaja todo. 
– Lo que se viene se puede tratar.
– ¿Cómo?
– No me es fácil decirte esto pero los pacientes que la sufren, muy raramente hacen vida normal y tienden a aislarse del mundo por la sensibilidad de los sonidos… 
– ¿Está sugiriendo que me internen?
-¡Jesús! ¡No! nadie en su sano juicio haría eso hoy en día pero hay tratamientos mediante medicación que pueden aplacar levemente los síntomas. Te sentiras mejor. De hecho aquí tienes la receta y te he concertado cita ya con la psicologa y con nosotros para dentro de dos semanas y así seguir tu caso más de cerca. 

– Bueno, le hice una promesa a una amiga y la cumpliré- dijo sin estar muy convencido- Por lo que no me quedará más remedio que ingerir pastillas. 

Carlos salíó de allí estupefacto. Pero no concibia el hecho que había planteado el letrado. Sus amigos eran cómo hermanos. No se aislaría. 
Antes de salir a la calle, se guarda la receta en el bolsillo y sale con las manos en a ambos lados de la cabeza. Busca la farmacia mas cercana. 

Después de unos minutos, en la misma farmacia casi tuvo que rogar un vasito de agua para poder ingerir las pastillas y quedarse allí  hasta que la sensibilidad auditiva redujera considerablemente. Es entonces cuando se dirige a casa lo más rápido posible. No sabía el efecto de esas cosas pero debía refugiarse de tanta acústica. 

Una vez en el su zona segura, su casa, se sentía a salvo de tanto ruido o eso creía por lo que tuvo que llamar a clase y al trabajo para decir que estaría unas semanas sin ir. No se sentía con el suficiente ánimo como para ir a aquellos lugares sin que le fuera a estallar la cabeza. Se sintió aliviado de no tener que pasar por aquel mal trago. 


***

Habiendo pasado una semana, Carlos estaba casi acostumbrado al nuevo oír. Solo que ahora, el habitáculo era un cúmulo de voces susurrantes que hablaban entre ellas, las cuales, no podía hacer callar, ni tan siquiera podía hacer nada por no oírlas. Y es que siempre se escuchaba lo mismo, la vecina de algún lugar del edificio hablando de una chica ¨Esa chica seguro que anda en algo¨ ¨No debe ser fácil ir por la calle con esas pintas por las calles¨ en alguna ocasión se oía al supuesto marido que aseguraba que alguien, algún día la escucharía y entonces otro gallo cantaría. Era cuando carlos sonreía y pensaba ¨Y tanto que te oigo bruja¨ 

Carlos dedicó los ultimos días de aquella semana, mientras mascullaba por lo vagini y maldecía a la vecina por decir aquellas cosas tan crueles a aquella chica. Bueno, por eso y porque daba la casualidad de que aquella vecina era la ultima en acostarse.

Decidió hallar a la chica. Al fin y al cabo, no debía ser dificil ¿no? En una de las demostraciones de despreocupacion por aquella chica, la vecina dió una descripción que la hizo llevarse la reprimenda de su marido con creces. Aquello le sirvió para deambular por el edificio y cómo sabía el nombre de ella, lo unico que tuvo que hacer fue mirar en el buzón del portal . 

La misteriosa chica, tan mencionada, casi una amiga, como de la familia se llamaba Rosa Morales y supo que vivía justo una planta por debajo de él. Ahora solo tenía que hallar un modo de tener conversación con ella. Fue cuando pensó detenidamente en lo que estaba haciendo. ¿Se iba a plantar frente a ella y le iba a contar que gracias a su habilidad sensitiva podía escuchar a la vecina de enfrente? ¿Y luego qué? se quitó la idea de la cabeza. 

Carlos seguía ensimismado, por medio de las pastillas, que le dejaban medio estable como para escuchar al recinto vecinal en sus cosas. A veces, resultaba agobiante pero había aprendido a confiar bien en las pastillas, tanto que ya no podía vivir sin ellas. De hecho, un día casi se le olvidó y fue como si le amartillearan la cabeza. Comenzó a dejar de quedar con sus amigos. 


La situación agravó cuando al ver a la vecina chismosa, mientras bajaba las escaleras , por detrás vió a la posible Rosa Morales. Allí estaba la vecina chismosa que le daba codazos a su marido como si nadie se diera cuenta. Rosa , iba impoluta, unos vaqueros, un top y el cabello suelto con una melena pero la vecina maleducada le sacaba de las casillas. No pudo captar la media sonrisa de Rosa, que se dirigía hacia el buzón en busca del correo y este decidió ligar delante de la vecina cotilla para callarla. 

Rojo como un tomate se dirigió hacia una Rosa de piel negra e imponente:

– Oye… -intervino cortadísimo
-Dime vecino – declaró Rosa con intención y animada
– Tienes… Tienes … – Rosa comenzó a tocarse el cabello como si tuviera algo en ahí o en alguna parte pero este mira de nuevo a la vecina cotilla y espeta:
– ¿Tienes algo qué hacer esta tarde?- Rosa sonrió pero la vecina tenía la boca desencajada de la sorpresa, cosa que no vió Carlos porque estaba demasiado nervioso.

Los vecinos cotillas se marchan hacer lo que tuvieran que hacer, si es que tenían que hacer alguna otra distracción,  y rosa habló libremente:

– No veas vecino, has logrado lo que yo en veinte años no he conseguido. Gracias por la invitación- Le guiña el ojo- ¿Me recoges a las cinco? 

Carlos no sabia como lo había hecho pero había logrado su objetivo. Un par de semanas a la vista del vecindario y esa bruja callaría para siempre. Carlos estaba sumido en sus pensamientos y las voces del gentío en la calle. Tuvo que asentir seco y disculparse. Salió corriendo hacía el apartamento con lo que parecía ser otro síntoma. Rosa no se extrañó, sonrió y se fue poco después a su piso.


Esa misma tarde Joan, Eli y Joana pasan a ver cómo está su amigo pero Carlos insiste en que no deberían de haber venido. Él aseguraba estar bien mientras ingeria otra pastilla demás. estuvieron charlando, casi susurrando debido a la notoriedad de lo sensible de las vibraciones vocales. Finalmente, les pidió por favor que le dejaran descansar. Acto seguido puso el despertador a las cuatro y se echó a dormir en la cama a oscuras. 

Se sumió en un festival de voces que iban y venían hasta que a la hora acordada, sonó el despertador. Era horrible , no había mejorado pero tenía otro recurso para quedar con Rosa. Invitarla a su piso aun a riesgo de parecer un salido. ¿Qué otra cosa podía hacer? el dolor era terrible por lo que pronto desistió de aquella idea, dejó pasar las horas y se quedó dormido en el sofá. 

Suena el timbre. Como puede abre la puerta y al abrirla es Rosa, que trae un tarro y va con ropa de estar por casa:

-Hola, espero que no pienses que soy un estorbo pero al ver que te enontrabas mal … – añadió una sonrisa de oreja a oreja – Se me occurrió prepararte esto. 

-Ah! Sí sí! pasa por favor… y … ¿qué es lo que has preparado?

-Un remedio muy bueno para tus sintomas. 

-Bueno, lo probaré. Es un detalle por tu parte. Pasa mujer que no te voy a comer- rien los dos sin dejar de mirarse a los ojos. 

La tarde se hace una velada de los más agradable gracias a Rosa y su ¨hunguento mágico¨ el cual no quiso revelar qué le había echado. Los dolores desaparecieron y el malestar también. Quedaron para una próxima vez. 

***

Habían pasado las dos semanas acordadas y acudió religiosamente a la cita. Carlos acudió a la cita con la psicóloga y con el especialista. Ambos les aseguraban que mejoraría pero él no dejaba de pensar en lo bien que se encontraba. Hasta la charla con la psicóloga le pareció que le dejó , de lo más raro que de costumbre con sus mantras y el positivismo. Carlos no necesitaba aquello o eso quiso hacerse creer. 


Rosa ha invitado a Carlos ese fin de semana a cenar pero, ella la anula sin dar explicaciones. Carlos queda con sus amigos y pasa una tarde entre la familia que no es de sangre, pero cómo si lo fuera. 

Todos hacen bromas con respecto a su vecina y todos rien cómo si el incidente nunca hubiera ocurrido. Carlos sentía el poder de querer estar vivo aunque a veces, le sobrecogia un temor infundado que le hacía creer que se encontraría mal en la calle, delante de sus amigos. Ello le preocupaba. No quería hacerles sufrir más de la cuenta.


Volviendo al vecindario, ya en su barrio, comienza a notar el alboroto de voces leves , tal y como cuando tomaba las pastillas. Soportable , tranquilo. Al fin escuchó cómo su vecina de en frente, Marga, comentaba la jugada de la semana pasada. Esta vez su marido daría en el clavo, para que dejara de hablar definitivamente ¨A ti lo que te pasa es que te gustaria ser cómo Rosa, y no tienes nada mejor que hacer que meterte en vidas ajenas. Cómo sigas por este camino …¨ Carlos no cree que haya hecho nada malo pero si su marido le dejaba, se lo tenía merecido. Pensaba que no hay que ser tan cotilla, que hay que dejar ser algo así como ¨vive y deja vivir¨.

Carlos piensa en Rosa, y en lo acertado de todos estos días, ¿cómo podía ser que conociera tan bien sus dolencias? es más, le sorprendía incluso, lo bien que habían encajado para no haberse dirigido la palabra en tantos años y estando en el mismo edificio. Será que ella es de las que sabe como hacer sentir bien a los demás se decía Carlos. 

Pronto comenzaron a dejar de quedar por indisposición de ella. Mientras tanto, Carlos seguía pasando por el gaznate pastillas y mejorando con los días pero de lo que no se libraba era de las oleadas decibélicas que para si oído, habían sido reducidas mediante la ingesta. En este caso, oía las conversaciones de alguien que andaba en problemas.

¿Sería demasiado loco ayudarlo? Pensó en Rosa y decidió pasarse a verla ya que la Hipersacusia la tenía bien controlada. 

Bajó los escalones y llego a la puerta. Tocó el timbre y allí estaba ella tras varios minutos. Con su bata rosa de siempre y su cabello, esta vez, despeinado:

-Venía a ver cómo seguías. Estás mejor ?
– Qué bien! no esperaba menos, pasa- adecua con una sonrisa amplia
– Qué te ocurre Rosa?
– Bueno, esto le suele suceder a poca gente pero de niña ya me ocurria así que tengo a la bestia dominada o eso creo yo a veces…
– venga Rosa… No te hagas la fuerte, en mi puedes confiar.
– Lo sé 
-¿Entonces?
– Síentate en el sofá -Le indica Rosa a Carlos y este le hace caso
– Es como si todo mi mundo se trastocára ¿me entiendes? me siento débil, tengo mal estar en el cuerpo … a veces no duermo … – Carlos se teme lo peor pero sigue escuchando- A ver, es que lo que a ti te pasa… a mi también me ocurre- Carlos quedó boquiabierto , con la mandíbula desencajada. No sabía qué decir. 
– En… Entoces tienes … 
– Sí Carlos, lo que has intentado hacer estos semanas por mi, no lo ©️había hecho nadie, de hecho , te considero el defensor del edificio. Eres una buena persona, ¿Sabes? Y.. un consejo, esa persona a la que seguramente quieres ayudar, es mejor que no la ayudes. Hazme caso. – Carlos quedó atónito. Quería expresar su alegría pero al mismo tiempo le desconcertaba que supiera tanto de él. No sabía muy bien cómo reaccionar por lo que optó por sonreír. – Deduzco que no sabes que decir, es normal , cuando yo lo supe también me ocurrió. 
– Debes saber … que … no quería nada raro contigo, solo quería que Marga, mi vecina de enfrente dejara de cotillear…
-jajajaj lo sé tranquilo, no te veo como esa clase de tios.- Carlos se quedó pensativo
-¿Que clase de tios?- dijo tajante
-Eres un buen chico, ya te lo he dicho 
-Dejando a un lado eso, ¿tienes… Hiperacusia?
-Exacto 

Carlos comprendió todo , su sonrisa cómplice, su habilidad para tratar los dolores… todo. 

Aquello no fue el final de una historia sino que, afianzó su relación y bien que lo hizo, pues ahora ya no eran una colla de cuatro sino de cinco. 


©️El Rincón de Keren



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10 comentarios en “Relato: El Defensor

  1. Hola Keren, había escuchado el término hipoacusia sensorial, vamos lo que viene siendo estar sordo como una tapia. Creo que a Carlos y teniendo en cuenta a cierto vecindario, le hubiera venido mejor esto que su antónimo. En cualquier caso, si el relato comienza con cuatro amigos y termina con cinco quizás el padecimiento haya merecido la pena. Enigmático el personaje de Rosa. Un abrazo Keren.

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  2. Que bonito inicio de una amistad!! Aunque yo creo que aquí hay algo más :))A veces basta con vivir un suceso para volverte empático y saber cómo debes ayudar a otra persona!Me ha hecho mucha gracia lo de “es por la cerveza de barril” jajaja es que la cerveza de barril es muy mala :PMe ha gustado mucho este relato, es muy bonito y muestra unos principios muy humanos.Por cierto, los vecinos cotillas es algo que todos estamos condenados a sufrir jajajaUn besote guapa!!!

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  3. Hola Miguel, es como si te hubieras quedado helado no sé jajaja como hay entendimiento y confianza como para ello, quería crear ese misterio del que hablas, porque a veces, saberlo todo de una persona le quita la emoción. Claro, tuve que documentarme sobre el tema y el diagnóstico del que habla el doctor en el relato, es en parte cierto. Celebro haber creado desconcierto o eso me parece. jaja Un saludo!

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  4. Hola María, El vinculo de una amistad a veces es creado o manifestado con el hecho de hacer unicamente aquello que te gusta. Ese preocuparse por alguien que te importa también forma parte de esa amistad. Y es algo que debemos practicar todos. Las ocurrencias de Joan, las hemos vivido todos en colla. Y es que, puede suceder lo de la cerveza de barril jaja! Por lo de los vecinos es algo contra lo que no podemos luchar, ni podemos decir que algún día no nos tocará a nosotros estar al otro lado, dónde está Marga, la vecina cotilla. Así que, juzguemos menos, y veamos o digamos las cosas tal como son. (O intentémoslo) Gracias por tu asidua visitas y tus comentarios que me dejan un buen sabor de boca.

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  5. Hola RECOMENZAR,busca aquello que te inspire y de lo quieras hablar. Lee mucho, y desde ya te digo que,yo entre correcciones y plasmar ideas, me tiré un tiempo pero solo déjate llevar. Lo demás es algo todos hacemos. Para mí es todo un gran halago por tu parte. Feliz finde

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