Relato: Unas vacaciones ansiadas.

¡Buen día de Reyes a todos!

¿Habéis sido buenos? ¿Os han traído muchas cosas? o ¿Os han traído carbón?

No tenía pensado un relato como este para este blog pero supongo que será la excepción. Si les gusta el experimento, trataré de mejorarlo. Así que sin más dilación, les dejó con mi bebé. 

¡Feliz día en familia!

 

Unas vacaciones ansiadas

Llevaban preparando con esmero y cuidado aquella escapada al bosque. Tanto que como no querían que nadie les estropeara las vacaciones, decidieron no llamar a nadie. Únicamente dejaron un mensaje en el contestador para que el que llamara tuviera conocimiento de dónde estaban.

Cuando llegó el viernes, cogieron las maletas, las apilaron como mejor pudieron en el maletero del coche y condujeron dos horas hasta aquella reserva en la que se hallaba un hotel curioso llamado “La rinconera”. El recepcionista les indicó las actividades que se llevaban a cabo pero ellos habían decidido quedarse en la casa-hotel más retirada para disfrutar plenamente en pareja. El recepcionista les dio las llaves y les indicó el camino que debían seguir para poder alojarse junto con las normas de uso, un mando a distancia y la llave de la puerta trasera del hogar.

Condujeron por un bosque en el que, se apreciaban visiblemente algunas piedras por lo que al circular por aquel camino empedrado ocasionaba múltiples subes y baja a la suspensión del vehículo escacharrado. Mientras se adentraban cada vez más hacia el lugar, el ambiente, se tornó más lúgubre, la luz se atenuó hasta casi no atisbar luz suficiente por las floritureces de los árboles que, observaban desde la hojalata con ruedas, momento en el cual el parabrisas quedó escarchado por una leve brisa fría que se acrecentaba a medida que quedaban inmersos en aquel paraje desolador.
Cintia miró a Alfredo pero no dijo nada. <<La naturaleza>> debieron de pensar aquellos dos tortolitos ansiosos por unos días de descanso.

A lo lejos se podía ver un claro. Al llegar a la claridad, el parabrisas volvió a retomar su habitual forma, y con algo más de alivio al encontrarse con la preciosa casita de madera y chimenea incluida, aparcaron allí, delante de la misma puerta.

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Ahora el sol brillaba con fuerza, revoloteaban algunos pajarillos. Se podía admirar la vegetación a escasos metros y al menos desde afuera parecía un buen lugar para pasar las vacaciones.

Alfredo comenzó a introducir todas las maletas en el interior mientras Cintia observaba con detenimiento la decoración, muebles y utensilios de la casa:

– ¡Hasta tenemos chimenea!

– ¡Sí, es mejor incluso de lo que vimos por fotografías!- dijo Alfredo

– Creo que hemos acertado de lleno cariño. – dice mientras sube las escaleras hacia el dormitorio- ¡Madre mía!- grita Cintia en un ahogo, lo que provoca que Alfredo salga corriendo en su busca.

– ¡¿Qué ocurre?!- dice mientras corre por las escaleras

– Nos han llenado la cama de pétalos de rosa ¡reales! y hay una caja enorme de bombones y un cava del mejor. ¿Lo has pedido tú, amor?- Dice Cintia abrumada y alegre al mismo tiempo.

– Habrá sido el servicio. Nos ha costado la mitad de nuestros sueldos esta estancia ¿qué menos que un detalle? Cuando nos vayamos se los agradeceré. – dice Alfredo enorgullecido mientras Cintia entra en el baño.

– ¡Hay jacuzzi! ¡Arrrg!

– ¿Y eso es bueno o malo? –dice confundido Alfredo

– Sé quiénes se van a dar un baño relajante esta noche … – dijo picarona

A Alfredo se le dibujó una media sonrisilla incontrolable y bajó para ir a por las maletas, acomodar la ropa y demás indispensables como provisiones para aquellos cinco días que se auguraban inolvidables.

La primera noche como Cintia había dejado caer, se relajaron, pusieron música relajante y estuvieron dándose amor hasta altas horas de la madrugada. Nada parecía romper la magia que se albergaba en aquel gran espacio apartado de la ciudad. Además con la intimidad suficiente como para hacer todo el ruido que quisieran y descansar, descansar mucho.

 

Llevaban ya dos días en el hogar que el hotel les proporcionaba. Cuando todo estaba dispuesto en la mesa, preparados para hacer callar a sus estómagos, un ruido de un goteo se oía en la silenciosa casa. Estuvieron mirando los grifos de toda la casa pero nada, no se hallaron indicios de que hubiera ningún grifo mal cerrado. El ruido cesó cuando bien adentrados en la noche, mientras Alfredo, haciendo caso omiso a Cintia ojeaba las hojas de los cálculos que debía entregar cuando volvieran de las vacaciones a su jefe de dirección.

Cintia estaba dormida en el sofá y este la tapó con la manta que habían comprado especialmente para la ocasión, porque así lo quiso ella y bueno, porque se le había metido en la cabeza a Cintia y no había manera de hacerle entender que era un gasto innecesario.

Alfredo volvió a incorporarse para servirse una copa de vino y de camino a la cocina se volvió a oír aquel ruido tan particular, ahora con insistencia y furia. Volvió a comprobarlo todo. Salió por la puerta trasera de la casa para ver si es que había alguna pila antigua con algún grifo viejo o mal cerrado pero antes cogió una linterna.

En efecto, afuera había un grifo entre la penumbra y tras haber pisado un charco, al parecer, de agua estancada, como pudo cerro el grifo y con algo de frío y de desequilibrio anduvo con la intención de entrar e el interior de la casa en busca de unos calcetines secos, pues del charco habían quedado empapados pero otro ruido lo dejo algo inquieto e hizo que se girara para alumbrar y vio algo merodeando por allí. No tuvo el tiempo suficiente para determinar que era aquello pero no quería averiguarlo por lo que fue escopeteado hacia el hogar.

El corazón le latía con fuerza, su respiración entre cortada no le dejaba pensar con claridad. Por lo que subió a la habitación, escogió ropa limpia y se dio un baño relajante mientras ella aun dormía en el sofá ajena a lo que acababa de suceder.

La última noche que se iban a quedar allí, decidieron hacer fotografías del lugar y caminar un rato por un sendero que habían visto desde el interior para curiosear, pero Alfredo estaba un poco consternado por lo ocurrido hacía unas noches e insistía en ir en coche, por lo que pudiera pasar. A Cintia le parecía rara esa actitud suya pero no indagó más allá.

Estaban merendando en la cama del dormitorio, situado en la planta superior, cuando de pronto se oyeron unos pasos por la planta baja. El miedo se apoderó de ellos así como sus corazones bombeaban toda voracidad por esperarse lo peor. ¿Sería un loco? ¿O tal un animal salvaje? Podría ser cualquier cosa.
Alfredo se armó de valor, cogió la escoba que había en uno de los armarios, la sujetó a modo de arma y bajaron las escaleras siguiendo el ruido que cada vez acrecentaba más y más a medida que se acercaban a la cocina. Descubren que hay una luz en medio de tanta oscuridad y él espeta:

– ¡¿Quién anda ahí?!- dice mientras Cintia le sujeta el brazo tan fuerte que en otra situación le habría procurado un fuerte dolor.

Entonces se oye un estruendo como de vajilla rota y Alfredo y Cintia encienden la luz de la cocina.

Era el camarero de piso que al parecer, había estado intentado dejar todo preparado para que su presencia no perturbara la estancia.

Cintia soltó un soplido de alivio, pero Alfredo, quedó aliviadísimo de que esa fuera la causa de los ruidos. Porque, no existen los fantasmas ¿Verdad?

Fin.

 

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