La dichosa…

Ese objeto que es a veces la desdicha de algunos. No es tanto como te hace sentir, es más como te hace pasar las noches. Para

 un lado, para el otro y el resoplo de todas esas noches que para colmo al incorporarte por las mañanas es el dolor infernal de todas las mañanas o solo algunas según el malabarismo de este con tu cabeza, tus brazos o en definitiva, todo tu cuerpo.

Comienza con los bostezos ya avisando de que hay que ir al sobre. La llegada es acogedora, todo un planazo que es iniciado con el acomodamiento de tu cabeza en la almohada. ¡Dichosa almohada! Te aferras a ella a un ladito de la cama, no es posición única entre los que adoramos ese momento placentero que nos lleva con Morfeo, pero a veces te lleva directo a hacer un pacto con el que haya inventado las batallas con el dichoso complemento indispensable para el cometido. Descubres que el cuello no está acomodado, y ¿quién iba a decir que si el cuello no está en su debido modo el sueño no es el mismo? Tampoco es que eso sea lo más difícil, es más el hecho de que tu cabeza, no sé porqué, acaba por momentos más de un centímetro por debajo de donde debería de estar. O nos movemos mucho o algo no cuadra. Uno acomoda la cabeza y va subiendo una y otra vez justo en la parte más redondita, donde está el placer, el gustirrini de recibir al sueño y lo único que consigue uno es verse con la cabeza fuera de la almohada. A veces uno ya hace apuestas consigo mismo de cuando se despertará encima de la almohada. ¿A caso es que nos la tiene jurada? ¿No quiere que durmamos bien? Si, es eso, a lo mejor, eso es. Pues el malabarismo acaba por convertirse en una huida irrefrenable al comedor que, por visitas al comedor y al baño, que no falten porque con este calor, a lo mejor incluso acabas en el suelo recibiendo el único frío de toda la casa. ¿Qué decir de la almohada? A veces llora, pero empiezo a pensar que no es cosa suya con estos calores y los sudores.

Entonces te levantas una mañana sorprendentemente descansado y con la cabeza donde tiene que estar. En la almohada. Y miras al techo y dices: -¡¿Y ahora qué eh, Satanás?!

Espero que mi humor sarcástico no haya puesto malas caras pero me pareció una idea divertida de escribir.

Sed felices con vuestras almohadas o deshaceros de ellas o mejor aún substituirlas si os pasa lo mismo ja ja!

Historias con “K”

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