En estos días… Ola de calor.

El incipiente sonido del afilador anunciando cuál era su cometido, si le dejaban ejercer, era la evidencia de un nuevo día. La mañana comenzaba con la idea de que había que recoger y con un poco de suerte descansar por la tarde.


Lavadora en funcionamiento y comienza la ardua tarea de limpiar la casa.
Casi a mediodía la calor ya hace mella en el cuerpo y con las persianas a medio cerrar. Las pestañas son cerradas con el azote del aire acondicionado para calmar el calor que ahora abrasa su cara.
Había que comer, pero un sándwich es su comida por aquello de que el cansancio ha calado en ella y la pereza puede más que las ganas de cocinar. Una llamada de su madre con la insistente advertencia de que tiene que comer más hace resoplar ahora a la cansada chica. Se despiden y le baja el volumen del teléfono para un mayor confort en el sofá. Se ilumina la pantalla. Es el mensaje que la alerta de que hay que salir. El mensaje reza: “A las 19:30h en el zapillo”
Por no tener, no tenía ni ganas de pestañear. Aquella calor la había hecho sudar, la había maltratado con el bochornoso aire que apenas la dejaba respirar mientras limpiaba con el consecuente chorro de gotitas de sudor transformados en ganas de beber agua y espachurrarse en el sofá, para no hacer, ni huevo. Habían sacado la peor versión de ella.
El chorro de agua fría y el sonido de una ducha refrescante eran el indicio de que aunque no tenía ni chispa de ganas de salir, aquella tarde, por mucho que su “perritis” la estuviera agarrando con fuerza iba a echarle un buen careo al verano que ya se pronunciaba en forma de calor y morriña, pero morriña de las ganas que tenia de que volviera aquel invierno en el que el moverse, no era un suplicio. No obstante, iba a enfrentarlo.
Una hora de agua fría , cabello húmedo , ropa fresca y unas chanclas son los atuendos indispensables para apaciguar el calor persistente. Llaves en mano, bolso en lo alto, y un fresco agua rosas.
Aunque la cuesta es hacia abajo, aun se hace difícil respirar con ese calor que abrasa los pulmones con su peculiar calentura. ¡Que bochorno! – piensa mientras inicia su camino hacia el lugar de la cita.
Después de casi una hora caminando y las axilas, cara e incluso manos exuden está claro:
Este calor cree que yo tengo piscina.

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